miércoles, 3 de julio de 2019

La sabiduría de Eva

Autora: Mary Orr

Una joven va camino a Hollywood con un contrato de mil dólares a la semana en el bolsillo de una importante compañía de cine. La llamaré Eva Harrington, si bien ese no es su nombre, aunque la parte Eva del pseudónimo no le viene mal, teniendo en cuenta las actividades serpentinas del original en un jardín que una vez fue pacífico. Dentro de uno o dos años, estoy segura de que la señorita Harrington será una alguien tan familiar para ustedes como Ingrid Bergman o Joan Fontaine. Cuando sea una estrella, estoy igualmente segura de que los astutos agentes publicitarios de Hollywood que rodean con glamour a estas criaturas celestiales les darán otra versión de su éxito. Pero no importa lo que urdan, no será tan interesante o irónico como su historia real. A ellos nunca se les ocurriría decir la verdad. Las estrellas deben ser presentadas a su público bajo una cálida y simpática luz, aunque uno podría estar rascando durante mucho tiempo antes de que tal chispa prendiese en la personalidad de Eva Harrington.

La primera vez que la vi fue en una noche fría y nevada de enero. Yo estaba sentada cómodamente bajo una manta de piel en el asiento de atrás del coche de paseo de Margola Cranston. Estábamos estacionados a la puerta de la entrada de actores de Margola, esperando a que saliera. Cuando digo estábamos, me refiero a su chófer Henry y yo. Henry estaba sentado pacientemente delante de mí, mostrando la fortaleza propia de alguien cuya principal ocupación en la vida es esperar. Pero contar las horas no es mi principal virtud, y mis dedos enguantados dibujaron un enfadado tatuaje en la tapicería policromada del coche de Margola. Yo también soy una actriz y puedo ponerme y quitarme el maquillaje tan rápido como me meto y salgo de una ducha fría. Pero no Margola. Rara vez salía del teatro antes de las doce menos cuarto. Lo que sucedió en su camerino durante tres cuartos de hora será un secreto que solo su sirvienta, Alice, y ella conocerán. Así que, si uno quería ver a Margola después del teatro había que esperar. Sin embargo, no fue una vigilia solitaria.
Había una multitud a la entrada de artistas. Eran los típicos fans en busca de autógrafos, todos con pequeños libros abiertos y estilográficas chorreando tinta. Algunos parecían ávidos espectadores de teatro; llevaban programas para que Margola los firmara y obviamente habían visto la actuación de Margola aquella noche. Podía oír sus entusiastas comentarios a través de la pequeña apertura de ventanilla que había bajado para dejar escapar el humo de mi cigarro. Algunos eran jóvenes vestidos de uniforme con sueños de salir con Margola, sueños que nunca llegarían a hacerse realidad. Sólo había una persona esperando allí que no pude catalogar. Esperaba muy cerca del coche, por lo que pude ver su cara claramente a la luz de la farola.
Era una cara joven e inusual, pero no del todo bonita. Debido a que era bastante simple, la cantidad de maquillaje que llevaba me pareció muy extraña. Lo que quiero decir es, las pestañas postizas pueden parecer muy adecuadas en Lana Turner, pero el mismo par podría resultar incongruente en una profesora de escuela. La chica tenía una expresión seria y remilgada. Vestía un práctico y cálido abrigo rojo. Sobre su cabeza llevaba un pequeño y oscuro sombrero Tam O'shanter el cual no parecía conjuntar con su abrigo. También calzaba zapatos de tacones altos y punta abierta, y de pie allí, con la aguanieve, sus pies debieron haber pasado frío. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su abrigo y un bolso desgastado colgaba de su brazo izquierdo. Su actitud era tímida y reticente. Bajo sus largas pestañas, sus ojos miraban al suelo. Permanecía primero sobre un pie y luego sobre el otro para mantenerse en calor, pero no mostró cansancio ante la larga espera.
Continué preguntándome quién era y por qué estaba allí hasta que finalmente Margola apareció por la puerta de artistas. La había visto salir muchas veces. Fue una actuación excelente. Sabía perfectamente que no le sorprendía en absoluto ver a la multitud reunida allí, pero su expresión fue de asombro deleitable. ¡Había tanta gente reunida allí para verla! ¡No podía ser! Sonrió y firmó los libros de autógrafos y habló primero con unos y luego con otros. Irradiaba alegría. Todos se iban exclamando: «¡Qué encanto!», «¡Es tan modesta!», «¡Qué amabilidad!».
Margola subió entonces al coche y se disculpó por hacerme esperar diciendo: «¡Qué gente tan fastidiosa! ¡Qué pesados! ¡Qué idiotas!».
Yo era una de las pocas amigas de Margola. Mi esposo, Lloyd Richards, había escrito la obra que en ese momento estaba interpretando con gran éxito. Lloyd también había escrito otras de sus obras más populares. Nadie sabía mejor que él que gran parte de sus éxitos se debían a las actuaciones de Margola. Sin ella, sus obras podrían haberse representado durante cinco, seis o siete semanas. Pero gracias a Margola, su primera obra se representó durante dos años, y el éxito de la obra actual mostraba serios signos de superarla. Porque no había duda de que Margola era una gran actriz.
Al verla firmar autógrafos, me pregunté por enésima vez qué la hacía tan maravillosa. Nadie podría saberlo al verla salir del teatro. Era pequeña, como la figura infantil de un ángel de Boticelli. En el escenario, sus vestidos estaban diseñados por Cargenie, Valentia o Mainbocher. Pero fuera del escenario, se los diseñaba Cranston. En general, consistían en suéteres negros y faldas de tweed. Una vez curioseando en su armario me encontré una docena de vestidos completamente sin usar. La conozco desde hace seis años y solo la he visto dos veces con un vestido decente. Una de ellas fue en un funeral de un gran productor por el que no sentía ningún respeto y la otra fue cuando recibió un Premio de la Crítica que no quería.
Su cabello era otra cruz que sus amigos tenían que soportar. Cuando no estaba en el escenario, generalmente lo tenía apilado en la parte superior de su cabeza como si acabara de salir de la bañera. Incluso en el escenario, se podría decir a veces que recordaba a la fregona de los limpiadores del teatro. Esa noche lo llevaba metido debajo de un pañuelo pintado a mano que llevaba atado a su mentón, al estilo campesino. Llevaba un abrigo de visón, es cierto, pero en ella bien podría haber sido de rata vieja. Le llegaba hasta los tobillos y llevaba seis años pasado de moda. Nadie más que una genio podría vestirse como ella y salirse con la suya.
Lloyd siempre ha dicho que para él Margola carecía de cualquier tipo de atractivo sexual. Pero para mí es tremendamente atractiva. Lloyd reconoce un activo de su belleza, uno muy obvio, su enorme par de ojos, los cuales detrás de las candilejas pueden hacer traslucir cualquier pensamiento de la mente de un personaje. Además, parece tener el secreto de la eterna juventud. La he visto a la brillante luz del sol sin maquillaje y no parece tener más de veintinueve o treinta años. Si alguna vez Margola llega a ver los cuarenta y cinco de nuevo, que me quiten los ojos.
Nos llevábamos bien desde el primer día que nos conocimos. A menudo no estábamos de acuerdo, discutíamos, y yo me burlaba de ella. A veces Lloyd parecía preocupado y me decía que no fuera demasiado lejos, recordándome que le debía a ella en gran parte mi ático y mi juego de sables. Sin embargo, a pesar de mi lengua viperina, hasta el día de hoy ha preferido mi compañía a la mayoría de las otras mujeres.
Ser la mejor amiga de Margola es en cierto modo un poco aburrido. Yo soy el tipo de mujer que solo se siente como en casa vestida con un sombrero de Daché en el Stork club o El Morocco. Como Margola siempre parece una turista, es casi imposible convencerla para ir a cenar a mi querido Café Society. Ella prefiere un bar a una tienda de delicatessen, al Sardi, o incluso a su propia casa.

La noche en cuestión la pasaríamos en su casa, y casa para Margola es un nido de cuarenta habitaciones en Great Neck, Long Island, llamado Rancho Capulet. Eso significaba que tenía que quedarme toda la noche, porque primero habría una gran cena, y luego charla hasta las tres o cuatro de la madrugada, ya que a Margola le encanta hablar a la luz de la luna. En consecuencia, mi bolsa de viaje tuvo que reposar incómodamente sobre mis pies. Lloyd me había dado un beso de despedida cuando salí hacia el teatro, yéndose con brillo en los ojos a una sesión de póker con los amigos.
«Que tengas una feliz fiesta de gatitas» habían sido sus palabras de despedida, y supe que por dentro se sentía aliviado por no tener un que cenar con el marido de Margola, Clement Howell. Clement es un director y productor lo suficientemente inteligente pero muy inglés y pomposo. Lloyd no puede soportar el acento británico.
Margola estaba cerca del coche cuando la desaliñada chiquilla del abrigo rojo de repente entró en su campo de visión. Ví los ojos de Margola nublarse y su expresión cambió a una de molestia. La chica pronunció algunas palabras y la miró de la manera más suplicante, sus grandes ojos se llenaron de lágrimas. Pero eso no sirvió para derretir la actitud fría de la estrella. No pude oír exactamente qué le respondió Margola pero supe que no fue agradable, capté la última frase, que era: «No quiero que me molestes todas las noches». Con eso, se subió al auto y dió un portazo —Ponte en marcha, Henry —ordenó al chófer y se dejó caer en la esquina del asiento como un niño malhumorado.
—Bueno —le dije en mi tono más sarcástico —pensé que siempre eras encantadora con tu público. ¿Qué le pasa a la pequeña señorita del abrigo rojo? ¿Te quiere vender algo?
Margola me fulminó con la mirada —No tienes ni idea de lo que he pasado por culpa de esta chica. No te puedes imaginar las cosas que me ha dicho y hecho. Cómo me mintió y se burló de mí.
—Ahora, Margola —dije —no actúes. No seas tan dramática. ¿Qué puede hacerte una pobre chica?
—Es una historia muy larga —dijo —Además, me enfurezco cada vez que pienso en ello.
Encendí un cigarro y se lo pasé —Vamos, —dije —ahora tendrás que contármelo — Teníamos un largo camino por delante y nada más que hacer salvo hablar.

Cogió aire profundamente —Su nombre es Eva Harrington —dijo —Traduciendo, se deletrea como...bueno, es la chica más horrible que he conocido nunca. No tiene límite.
—Empieza por el principio —insistí —No con el tercer acto. ¿Cómo llegaste a conocer a esta modelo de todas las virtudes?
—Fue por culpa de Clement —Margola suspiró tras un momento de pausa —Primero hizo que me fijara en ella. Me preguntó si alguna vez había notado a la chica que estaba en la entrada de artistas y solo me veía salir. No quería un autógrafo, una foto o tratar de hablar conmigo. Simplemente esperaba allí y observaba.
—Le dije que no la había visto.
—Me dijo que siempre vestía un abrigo rojo y que debía echarle un vistazo la próxima vez.
—Llevaba un vestido rojo esta noche —interrumpí.
—Lo sé —respondió apartando mi comentario impacientemente —Bien, la siguiente vez que acudí al teatro, para una sesión de matiné, la ví. Estaba allí cuando terminó la actuación de la tarde. La ví otra vez cuando regresé después de cenar, y cuando acabó la sesión de la noche todavía seguía allí.
—En esta ocasión, cuando me deshice de la multitud, hablé con ella. Le pregunté si había algo que pudiera hacer por ella, y me respondió que no. Le dije que la había visto en la matiné y que mi marido la había visto antes. Dijo que esperaba allí cada noche. Yo no podía creermelo. Dije «Bien, ¿qué es lo que quieres?», y ella dijo, «Nada». Yo respondí, «Debe haber algo», y finalmente dijo que sabía que si permanecía allí el tiempo suficiente, tarde o temprano yo hablaría con ella. Le pregunté si eso era todo lo que quería y dijo que sí, que me había visto por primera vez en San Francisco cuando hice la gira de  «!No seas tan dura!» —Esa fue la primera obra de mi marido en la apareció Margola —Dijo que me había seguido hasta Los Ángeles y finalmente se vino a Nueva York.
—¿Solo para quedarse esperando en esa puerta? —dije sorprendida.
—Venía a la función —añadió Margola —tan a menudo como se lo permitía su bolsillo.
—Qué devoción —dije.
—Eso —dijo Margola tristemente —es lo que asumí. Estaba impresionada. Pensé: es mi fan más ferviente. Me siguió más allá de la Gran Brecha. Ve mis funciones una y otra vez cuando está claro que tiene poco dinero. Espera noche tras noche en la puerta solamente para verme salir y al final tuve que hablar con ella. Me conmovió.
—Entonces, ¿qué pasó? — insistí.
—Bueno —respondió Margola —Sentí que tenía que hacer algo para corresponder a esta criatura por su admiración. Tenía sólo veintidós años. Pensé: La haré pasar una noche que recordará toda su vida. Así que la invité a casa. Actuaba como si estuviera en el séptimo cielo. Tenía un ligero acento que me dijo que era noruego.
—Dijo que sus parientes habían llegado hace seis o siete años y finalmente la habían dejado aquí con una tía y que se habían vuelto a Noruega de viaje. Por supuesto, debido a la guerra no habían podido regresar, y no sabía nada de ellos en meses. Mientras tanto, se había casado con un joven piloto americano y había estado viviendo en San Francisco porque había partido desde allí hacia el Pacífico. Le pregunté qué tal lo llevaba y me dijo que al principio tenía una asignación de su marido, pero lo habían matado en Bougainville y desde entonces estaba viviendo escasamente del seguro.
—Qué triste.
—Exactamente lo mismo que pensé —dijo Margola —Me dijo que verme actuar y acudir a mis funciones habían sido su única felicidad desde que le llegó el telegrama de la muerte de su marido. Me pareció que debía hacer algo por ella. Me enteré de que podía mecanografiar y taquigrafiar. Había trabajado como secretaria en San Francisco. Se me ocurrió de repente que esta chica quizás podría ser mi secretaria. Sabes que es difícil contentarme, pero tenía delante de mí a alguien que me adoraba, que sería leal, que era callada y al mismo tiempo bien educada. Hablaba inglés a la perfección y parecía inteligente.
—Entonces le pregunté si quería trabajar para mí. Nunca has visto tal respuesta. Rompió a llorar y me besó la mano. Normalmente odio ese tipo de cosas porque sé que son insinceras, pero esta vez estaba convencida de que era auténtico. Era tan ingenua, tan carente de sutileza.
—La forma en que lo dices sugiere que no fue así.
—No te adelantes —espetó Margola. Y para mi impaciencia, tuve que esperar hasta que le pegara tres o cuatro caladas al cigarrillo.
—Bueno, le dí a la desdichada chica ropas para vestir. Le pagaba 25 dólares a la semana. Todo lo que tenía que hacer era atender a mi correspondencia, enviar fotos y demás. Algunas cartas las podía contestar sin molestarme, pero cualquier cosa que sentiera que necesitaba mi particular atención tenía que mostrármelo. Al principio era ideal. Luego después de un mes más o menos comenzó a incordiarme.
—¿De qué manera? —no pude evitar preguntar.
—Mirándome. Me miraba fijamente todo el rato. Me volvía de repente y me la encontraba mirándome. Sentía escalofríos. Finalmente, no pude soportarlo más. De pronto me di cuenta de que me estaba estudiando, imitando mis gestos, mis formas de hablar, casi haciendo las mismas cosas. Era como tener una sombra viviente. Al final le dije a Clement que debería usar a la chica en la oficina, que podría atender mi correo desde allí en lugar de casa. Yo quería sacarla de la casa, pero al mismo tiempo no quería despedirla. Todavía sentía pena por ella. Además, hacía bien su trabajo
—Clement estaba encantado —continuó Margola, apretando los labios un poco —Su secretaria acababa de dejar el trabajo para casarse y esta chica le vino como anillo al dedo. Comenzó a leer obras de teatro para nosotros haciendo algunas observaciones bastante inteligentes. Entonces un día tuvimos un ensayo, fue cuando estábamos metiendo a la Señorita Caswell en el papel de la hermana, y yo tenía dolor de muelas y no pude ir.
—No habían llamado a mi suplente. Estaba fuera y el director de escena no pudo ponerse en contacto con ella. Eva había ido al ensayo con Clement para tomar notas, y como no había nadie que pudiera interpretar mi papel, se presentó voluntaria. Clement le dijo al director de escena que le pasara el guión para que pudiera leerlo y, para su sorpresa, dijo: «Oh, no necesito guión». ¿Qué te parece, querida? —Margola se deslizó más cerca hacia mi cuando el coche giró en una esquina —¿Puedes creertelo, se sabía cada frase de mi papel? No solo cada frase sino cada inflexión y cada gesto. Clement estaba allí para ver a la Señorita Caswell y dijo que se olvidó de ella, estaba completamente fascinado con la inesperada actuación de Eva.
—¿Realmente era tan buena?
—¿Buena? —dijo Margola alzando una ceja —¡Que si era buena! ¡Era maravillosa! Clement incluso insinuó que era un poco mejor que yo. No se atrevió a decirlo, por supuesto, pero lo dejó caer medio en broma. Dijo que si hubiera cerrado los ojos no habría notado la diferencia.
—¿Y qué hay del acento noruego?
—Por lo visto —dijo Margola encogiendo los hombros —simplemente se fue. Ahora entiendo por qué.
—Yo no —respondí.
—Lo entenderás —dijo Margola sin rodeos —De todos modos, Clement estaba tan sorprendido con la primera actuación que la invitó a tomar el té después. Ella le confesó que siempre había querido ser actriz y le pidió que la ayudara. ¡Se lo pidió a él, no a mí! ¿No te parece de una falsedad horrible?
Admití que sí, pero pensé en privado que la chica había sido bastante inteligente. Las grandes actrices no se destacan por alentar a brillantes ingenuas.
—Le dijo que la única razón para estar esperando cerca de mi puerta era conocerlo a él, que lo consideraba el director y productor más brillante de Nueva York. Él no me lo dijo. Lo descubrí más tarde. Clement se sentía muy halagado. Después de todo, es solo un hombre, y yo estoy continuamente recibiendo halagos, más de los que me gustaría. A él siempre lo presentan como el marido de la Señorita Cranston, probablemente le irrita más de lo que admite. Pero allí estaba aquella chica mirándolo con ojillos como platos, diciéndole lo maravilloso que era, y se quedó prendado de ella. Me dijo que era la jovencita más talentosa que había visto en años, que debíamos ayudarla. Yo no dije nada. Sabía que tenía que manejar este asunto con cuidado. Le pregunté a Eva por qué no me había dicho que quería ser una actriz y pedirme ayuda. Tuvo las agallas —Margola hizo una pausa para crear más emoción —de decirme que sabía que no me gustaría tener competencia.
Me reí en voz alta. Era ridículo. Incluso los mejores actores de reparto suelen diluirse en el escenario cuando Margola marca el ritmo —No le falta ego —dije riéndome entre dientes.  
—¡Ego! —Margola apagó su cigarrillo en el cenicero —¡Espera a que te cuente lo de la carta! Sucedió varios días después de lo del ensayo. Se pasó por mi camerino antes de la actuación con cuatro o cinco cartas. Esta en particular es una de ellas. Me dijo que pensaba que debía revisarlas personalmente. Las metí en mi bolso, las llevé a casa y me olvidé.
—Varios días después, Eva me preguntó si las había leído, y le respondí que no. Me instó especialmente a hacerlo. Le prometí que lo haría, pero aún así lo pospuse. Odio leer el correo. Pocos días después, me volvió a insistir si había leído las cartas. Todavía no lo había hecho. Esa noche Alice me dijo que la señorita Harrington había venido a mi camerino mientras yo estaba en el escenario y había revisado mis bolsillos y mi bolso buscando algo.
—No me gustó eso, así que después del espectáculo llamé a Eva para que viniera. Me dijo que estaba buscando las cartas, que había una que, pensándolo bien, era mejor que no leyese. Le dije que ya que me había entregado esa carta en primer lugar era un poco absurdo pensar ahora que no debía verla. Pero tanto como si leo las cartas o no, nunca más debía husmear en mis cosas.
—Se deshizo en lágrimas y llorando dijo que tan solo quería ahorrarme el dolor. Había sido tan amable con ella, no quería herir mis sentimientos. Tan sólo me había dado la carta porque cuando la leyó por primera vez estaba tan emocionada que quería que la viera; pero pensándolo bien, se dió cuenta de que podría lastimarme.
—Comenté que después de lo que los críticos habían escrito sobre mi, nada en ninguna carta podría sorprenderme.
—Ahora me doy cuenta de que montó todo este espectáculo para que leyera la carta sin más demora, y lamento decir que funcionó. Esa noche cuando llegué a casa fue lo primero que hice. Fue muy fácil encontrar la carta a la que se refería. Y decía así:

Estimada Señorita Cranston,

Hoy estaba comprando una entrada para ver una representación de su obra. La puerta del teatro estaba abierta, y dado que podía oír voces y nadie estaba vigilando la puerta, entré dentro para ver qué pasaba. Parecía ser un ensayo. Una joven estaba interpretando un papel que reconocí, cuando vi la función real, como el suyo. Supongo que sería su suplente. Sé que las estrellas de su calibre siempre tienen celos de la capacidad de los jóvenes, pero mi querida Señora Cranston, yo sé que usted está por encima de esos sentimientos mezquinos. Estoy segura de que amando tanto el teatro como usted lo ama, su deseo es enriquecerlo. En su compañía, oculta detrás del escenario, se esconde la artista más brillante que he visto en mi vida. Estaba hechizada. Puso en el papel su misma habilidad pero con un plus de juventud. Esperé afuera por esta joven y le pregunté su nombre. Se llamaba Harrington. Por favor, dele el descanso que tanto se merece.

—Estaba firmado como «De parte de una de sus más fervientes admiradoras».
—Por supuesto, lo escribió ella misma —dije atónita.
—Me da que sí —dijo Margola —Estaba segura, pero como estaba escrito a máquina, no pude probarlo. Al día siguiente, simplemente le dije a Eva que había sido una coincidencia que la puerta del teatro estuviera entreabierta cuando ella estaba ensayando mi papel. No volvimos hablar del tema.
Evité hacer ningún comentario. Pude percatar que Margola estaba llegando a la escena final.
—No mucho después de esto, comenzaron las audiciones de John Bishop.
Asentí. John Bishop es uno de los mejores productores de Broadway. Cada temporada realiza audiciones a las que talentos desconocidos acuden e interpretan una escena de su propia elección en el escenario de su teatro. El jurado está compuesto por otros productores, cazatalentos de otras compañías y agentes. La razón oficial por la que Sr. Bishop organiza esta competición es su deseo altruista de darle a estos incipientes actores la oportunidad de ser vistos: el ganador a menudo entra directamente en un espectáculo de Broadway.
—Bien, querida —continuó Margola —Eva estaba loca por participar en las audiciones de Johnny. Fue a ver a Clem y le rogó que le presentara a Johnny. Clem le dijo que no hacía falta, le bastaba con rellenar un formulario de solicitud en la oficina de Johnny y cuando le llegase el turno la llamarían. Se enteró de que era cierto, y a partir de ese momento dejó de tener ninguna utilidad como secretaria. Estaba completamente indecisa sobre qué escena hacer y quería que Clement la aconsejara y preparase. Yo le dije que hiciera una escena de la función «Un beso para Cenicienta» ya que sentía que ella era más bien de tipo melancólico y lastimoso, pero Clem eligió una obra de Ibsen, Hilda en «Solness, el constructor», porque se ajustaría a su acento escandinavo.
—Naturalmente tomó el consejo de Clement, no el mío. Estudió la escena, y cuando la hubo memorizado, Clement le hizo una audición. Volvió a casa cautivado. Una vez más, pensaba que era maravillosa. Insistió en que bajara al teatro y le diera algunas sugerencias. En ese momento tenía tanta curiosidad en ver a la próxima Jeanne Eagels que accedí. Un día antes de la matiné, fui al teatro temprano e interpretó la escena para mí.
—¿Realmente era tan buena? —pregunté.
—Me impresionó —admitió Margola a regañadientes —Tenía talento, no había dudas al respecto. Tenía una voz maravillosa y recitaba con gran sinceridad, aunque esto no ocultaba el hecho de que era completamente inexperta y torpe. Supongo que eso no salió a relucir cuando me copiaba en mi papel ya que me tenía como modelo. Hice lo que pude para ayudarla a ocultar estos defectos y enseñarle algunos pequeños trucos, y los corrigió lo suficientemente rápido. Yo no estaba tan emocionada como Clement, pero pude ver que había algo de verdad en sus afirmaciones.

—Las audiciones tuvieron lugar en unos días. Eva llegó a la final, y entonces, en el gran día, se ganó al público. Todo el mundo estaba extremadamente entusiasmado con ella. Los cazatalentos la llamaron varias veces para hacer pruebas, los agentes quería añadirla a sus carteras. Pensaba que ya lo había conseguido. De la noche a la mañana se había convertido en una estrella, y ahora la historia podía salir a la luz.
—¿Qué historia?
—Su historia. Su verdadera historia. La lastimosa, meláncolica e ingenua Eva Harrington dió una entrevista a los periódicos sobre cómo había engañado a la mejor actriz de teatro durante varios meses.
—¿Engañado? ¿Cómo?
—De todas las manera posibles. Toda su historia no era más que una invención. Nunca ha estado más cerca de San Francisco que de Milwaukee, donde nació. Tenía ancestros de Noregua, pero aprendió el acento de una de las camareras del restaurante de su padre. Sus padres están sanos y salvos en Wisconsin.
—¿Y para qué quería tener acento?
—Glamour, querida. Muchas actrices extranjeras triunfan aquí. Pensó que tener acento le daría ventaja.
—Pero lo de los padres atrapados por la guerra en Noruega. ¿Qué sentido tenía todo eso? —pregunté.
—Simpatizar. Lo del marido fue una triquiñuela en la misma dirección.
—¿Quieres decir que no era viuda?
—Nunca ha estado casada.
—¡Dios mío! —dije.
—Todo el plan resultó ser una obra maestra planeada hasta el último detalle —continuó Margola, disfrutando de mi asombro —En Milwaukee había sido una secretaria con ambiciones escénicas. Ahorró el suficiente dinero para venirse a Nueva York y vivir durante seis meses. Una vez aquí, puso en marcha una cuidadosa campaña para adentrarse en el mundo del teatro. Tomó la decisión de conocernos a Clem y a mí. Creo que sus ideas iban incluso más lejos. Creo que planeaba romper nuestro matrimonio.
—Casarse con un gran productor y director sería ideal para Eva. Una vez me hizo una observación de que toda actriz importante en el teatro tenía un hombre de éxito detrás. Esa parte no llegó a cuajar, pero el resto funcionó bastante bien. Como secretaria de Clem, había conocido a la mayoría de los grandes agentes, dramaturgos y actores importantes. Ahora, además de estos contactos, había tenido la oportunidad de demostrar su habilidad y había salido victoriosa.
—Resultó muy divertido leer en la prensa que el director Clement Howell había tenido una estrella en su propia oficina pero acabó siendo descubierta por otro productor. El bueno de Clem se lo tomó bastante a broma. La entrevista fue uno de los pavoneos más grandes que he leído nunca. La parte más divertida fue como yo me quedé prendada de ella al saber que era una gran admiradora mía. Solo decir eso ya la hacía una incluso mejor actriz, por haber interpretado un papel en la vida real de manera tan convincente que nos había engatusado a Clem y a mí. Podría haberla estrangulado. Naturalmente, no esperó a que la despidiera. Renunció como secretaria de Clem, le dijo que ya no podía seguir atada a una oficina.

—Comenzó a vestirse con trajes y vestidos que destacasen. Y empezó a ponerse maquillaje en cantidad porque los informes en la mayoría de sus audiciones decían «falta de atractivo sexual».
—¿Y por qué todavía está esperando a tu puerta? —pregunté —No lo entiendo.
—Ahí es donde nos reímos nosotros los últimos —dijo Margola vivamente —Es lo único en lo que no ha cambiado. Ya sabes como es Broadway. Un día estás en lo alto y al día siguiente te olvidan. Era demasiado inexperta para saber que el éxito real y duradero se basa en el largo plazo. Pensaba que estaba lista, y se le subió a la cabeza. Hizo algunas pruebas más pero no era lo bastante fotogénica para ser sensacional, y Hollywood no se molesta en experimentar con luces y maquillaje a menos que tenga una nueva estrella entre sus manos. Era difícil de encajar, con toda seguridad no es la típica ingenua, y no se le presentó ningún papel. Muy pronto los agentes y productores se olvidaron simplemente de ella. Ni siquiera llegó a ver a John Bishop en persona, y eso que era su protegida oficial.
—Y ahí es cuando regresó llorando a mí y a Clem. Dijo que se quedaría esperando en mi puerta cada noche hasta que la perdonase, que había sido una pobre idiota cuando concedió esa entrevista. Que realmente me adoraba y al principio su única idea había sido llegar a conocerme. Que siempre me estará eternamente agradecida si solo la ayudamos a conseguir un papel. Pero yo no caigo en la misma trampa dos veces —dijo Margola con determinación —Por lo que a mí respecta, puede quedarse esperando en la entrada hasta que se convierta en una estatua. No voy a levantar un dedo para ayudarla.
—Es una pena —le dije —ya que dices que realmente tiene talento.
—¿Y qué? —dijo Margaret —Muchas chicas tienen talento y nunca llegan a tener una oportunidad para mostrarlo. Ella la tuvo, y la pifió por culpa de su arrogancia. No volverá a tener otra oportunidad nunca más.
—Probablemente no —Suspiré y miré a través de la ventanilla del coche las estrellas reflejadas que brillaban como candilejas en Little Neck Bay. No, pensé para mis adentros, la niña del abrigo rojo probablemente pasará el resto de su vida en la oscuridad. 

Pero estaba equivocada. Y Margola también lo estaba. Eva Harrington tuvo esa rara segunda oportunidad. Maldigo el día en que la tuvo. Margola tenía razón. Eva se portó como una perra. Lo sé bien, porque fue gracias a mi que la fortuna llamó dos veces a su puerta.
Varias semanas después de que Margola me contara esta historia, Lloyd había terminado su nueva obra y un destacado gerente hizo planes casi inmediatamente para producirla. Era una obra extraña, diferente a todo lo que Lloyd había escrito antes, con un reparto muy difícil. Había un papel que era un verdadero dilema. Requería una actriz joven con sensibilidad pero también con fuerza e impulso. A su vez, el papel no era lo bastante grande para una estrella, ya que tenía solo tres escenas.
Lloyd y el gerente probaron actriz tras actriz, y no valía ninguna. Lloyd quería una cierta calidad de timidez que aparentemente estaba fuera del alcance de las rubias artificiales de Hollywood. Yo sabía donde encontrar esa actriz. Sabía que la chica perfecta estaba esperando en la puerta de la entrada de actores de Margola. No se me había olvidado la tímida expresión en los ojos abiertos de Eva Harrington. Finalmente, cuando en medio de la desesperación el gerente estaba a punto de cancelar la producción, se la propuse a Lloyd.
—Pásate por allí —le sugerí —Siempre lleva un vestido rojo. No te pasará desapercibida. Si le quitas el maquillaje, tendrás exactamente lo que buscas. Además, he oído que realmente puede actuar.
Lloyd pensó que estaba bromeando, pero al final hizo lo que le dije. Eva leyó el papel al día siguiente y se lo dió. La búsqueda había terminado.
Durante los ensayos, Lloyd y el director entrenaron cuidadosamente a Eva para ocultar su torpeza. Lloyd comenzó a llevarla a comer para hablar del papel. La noche del estreno, se llevó el show. Fue un éxito, y tuve que admitir que en parte fue gracias a su actuación.
Sus reseñas fueron asombrosas. El mundo del cine volvió a entusiasmarse por ella. Esta vez, tras su éxito, los ensayos corrieron una suerte diferente. Lo que una vez había sido para Hollywood una falta de atractivo sexual ahora se llamaba «una cualidad rara». Y así es como Eva está viajando en un tren con un contrato en su bolsillo.
Yo también estoy de viaje. Me dirijo a Reno para divorciarme. Además de su éxito, Eva había encontrado tiempo para comprometerse con un famoso dramaturgo. Se va a casar con mi marido, Lloyd Richards.

domingo, 27 de enero de 2019

Una niña de 24 siglos

"Child of all ages" es un relato de ciencia ficción que cuenta la historia de una niña inmortal, Melissa, que ha vivido a lo largo de 24 siglos. Llegué a este relato a través de Wikipedia y un libro de programación. El libro era "The Elements of Programming Style", de Kernighan (co-creador del lenguaje de programación C) y P.J. Plauger.

Consultando la página de Wikipedia de Plauger leí que además de ser un prolífico autor de libros de programación también fue escritor de ciencia-ficción. Creo que nunca llegó a publicar una novela, pero sí muchas historias cortas. En concreto, "Child of all ages", es quizás su relato de ciencia-ficcion más conocido. Publicado en la revista Analog (marzo, 1975), este relato le valió un premio John W. Campbell al mejor escritor novel ese mismo año, llegando incluso a superar a John Varley, que a posteriori sí conseguiría hacer una carrera mucho más sólida en el mundo de la ciencia-ficción.

No llegué a encontrar este relato en español, aunque sí en inglés. No sé muy bien por qué razón, comencé a traducirlo. Anteriormente había traducido otro relato, "The wisdom of Eve", también muy difícil de encontrar en español, y creo que esa inercia fue lo que me impulsó a traducir éste. Posteriormente descubrí una entrada, ¡solo una!, en todo Internet que hacía referencia a este relato (Tratando de encontrar una historia sobre una niña inmortal), y pensé que sería buena idea terminarlo y compartirlo.

Decía Plauger en el prefacio de la edición de "Child of all ages" en formato Kindle, que escribió la historia de un tirón, un día al llegar a casa después de una jornada de trabajo en AT&T.  El personaje principal, Melissa, está insipirado en una niña real. La hija de unos amigos de Plauger, que tristemente falleció a una edad adulta temprana.

Tuve dudas sobre si traducir el título como "Niña de todas las edades". Finalmente opté por traducirlo como "Niño de todas las edades", a pesar de que la protagonista es una niña. La razón es que el título es un juego de palabras de la expresión "Children of all ages" (Niños de todas las edades), donde "children" se refiere tanto a niños como niñas. La palabra "niño" en español es el equivalente a "child", mientras que "niña" sería "girl". A la hora de traducir, quise ser lo más fiel posible a las expresiones del texto original.

Por último, comentar que además del premio John W. Campbell el relato fue nominado para los famosos premios Nebula de 1975 y Hugo de 1976. También le sirvió a Plauger para ser invitado a escribir un relato, "The Dawn Patrol" ("La patrulla del atardecer"), para la famosa colección de cuentos "Visiones Peligrosas" de Harlan Ellison. Y ya para terminar, el propio Plauger hizo adaptación teatral de este relato que está incluída en la edición del texto en formato Kindle.

Aquí os dejo el relato: Niño de todas las edades.

Niño de todas las edades

por P.J.Plauger

La niña se sentó en la sala de espera con sus manos dobladas cuidadosamente en su regazo. Vestía un alegre vestido estampado hecho de uno de esos materiales que habría revelado rápidamente la baratija que era si no hubiera sido cuidadosamente impreso. Sus zapatos a juego estaban hechos con el mismo sumo cuidado. Se sentó erguida y con remilgo, sin inquietud, sin arañar sus zapatos contra las patas de la silla, mostrando una paciencia que legiones de monjas se habían esforzado, en vano, en inculcar a otros niños. Ésta parecía como si hubiera hecho muchas esperas.
May Foster se apartó del espejo bidireccional desde el cual había estado estudiando a su más reciente problema. Siempre se sentía un poco culpable por tener que espiar a niños como este antes de entrevistarlos, pero sin reparos se convencía a sí misma de que le ayudaba a gestionar sus casos mejor. Al evaluar un entrevistado de antemano, se ahorraba preciosos minutos de discusiones y podía normalmente ganar ventaja al principio. Lidiar con niños problemáticos era una proposición donde valía todo, si querías sobrevivir al trabajo sin úlceras.
Aquella paciente podría ser parte de su teatro, pensó May por un momento. Pero no, no tenía sentido. Magníficos actores como eran, estos niños siempre se guardaban sus mejores interpretaciones para su público. No había razón para que la niña sospechara del espejo especial en su primera visita a la oficina de la Sra.Foster. Una de las mejores ventajas que proporcionaba el espejo, de hecho, era el conocimiento sobre cómo se comportaba el niño cuando un trabajador social no estaba en la habitación. Jekyll y Hyde parecían gemelos comparados con los cambios de personalidad de los que May había sido testigo en quince años como orientadora.
May salió del armario oscuro, encendió las luces de la habitación y regresó a su escritorio. Le echó un vistazo a la carpeta una última vez, la cerró delante de ella y presionó el botón de intercomunicación.
─ «Lousie, puedes traer a la niña dentro ahora».
Hubo una pequeña espera, entonces la puerta de la oficina se abrió y la niña entró. A pesar de todos sus preparativos, May se sorprendió. La niña era delgada, mucho más delgada de lo que parecía estando sentada, pero no hasta el punto de parecer falta de salud. Más bien, era el tipo de delgadez que uno ve en gente que todavía está activa a los noventa años. No enjuta, pero que muestra resistencia. Y aquellos ojos.
May fue uno de los primeros voluntarios de Peace Corps que había visitado África Central. Durante dos años luchó contra el hambre y la malnutrición con cada arma, teniendo en cuenta el dinero, que la tecnología moderna podía proporcionarle. A la larga era una batalla perdida, porque la política y los odios tribales condenaban a miles y miles a morir lentamente de hambre. Allí es donde había visto aquellos ojos antes.
Los niños podían sobrevivir al dolor y al hambre, a las marchas forzadas, incluso a la pérdida de sus padres, y aún recuperarse finalmente gracias a la plasticidad de la juventud. Pero cuando sus carnes se derretian hasta el hueso,  con sus barrigas dilatadas, entonces se tornaba una mirada en sus ojos que permanecía con ellos para siempre durante los pocos días que les quedaban de vida. Era una lección aprendida demasiado pronto la de que el mundo adulto no merecía de su confianza, la comprensión de que la muerte era una fuerza real e inminente en su mundo. Durante los siguientes diez años, las pesadillas de May estuvieron poseídas por niños que la miraban con aquellos ojos.
Ahora esta niña estaba frente a ella y la penetraba en su alma con unos ojos que habían mirado demasiado cerca a la muerte.
Tan pronto como había sido capturada, May se sintió liberada. La niña echó un vistazo a la habitación, como si estuviera buscando salidas de emergencia, advirtiendo los documentos del escritorio de May con un rápido barrido de ojos, entonces se encaminó hacia la silla de visitantes y se plantó en ella de golpe.
─ «Mi nombre es Melissa», dijo, dibujando una nerviosa sonrisa ─ «Tu debes ser la Sra.Foster». Se comportaba como una niña pequeña ahora, retorciéndose un poco y golpeando un zapato contra el otro. Sus ojos brillaban con juventud despreocupada.
May se sacudió, recuperándose lentamente. Pensó que había visto de todo antes, hasta ahora. Su pizca de ingenuidad era perfecta, Melissa parecía más una niña modelo de dieciocho años que una alborotadora crónica en proceso de construcción. ¿Qué edad tenía? Catorce. ¿Catorce?
─ «Te han echado de la escuela por tercera vez este año, Melissa», dijo con rigor profesional. May puso su mejor Mirada Autoritaria, fuerza tres.
─ «Sí», dijo la niña sin rastro de remordimiento. La mirada se desvaneció, cambiando a Comprensión Empática.
─ «¿Quieres contarme más sobre ello?», preguntó May gentilmente.
Melissa se encogió de hombros.
─ «¿Qué quieres que te diga? El viejo M...eh, el Sr.Morrisey y yo empezamos a discutir otra vez en clase de historia». Se rió ─ «Tuvo que sacar sus galones para ganarme». Cara seria.
─ «El Sr.Morrisey ha estado enseñando historia durante mucho años», May dijo apaciguadamente ─ «Quizás le pareció que él sabe más sobre el tema que tú».
─ «¡Morrisey tiene la cabeza cuadriculada!» Las cejas de May se dispararon, pero la niña ignoró el reproche, para su enfado.
─ «¿Sabes que estaba intentando colarle a la clase? Trataba de explicar que la Revolución Industrial en Inglaterra fué un paso hacia atrás».
─ «Niños trabajando seis o siete días a la semana en las fábricas, haciendo catorce horas seguidas, todo para ganar unos pocos peniques a la semana. ¡Era todo lo que veía! Nunca se le ocurrió preguntar porque lo hacían si las condiciones eran tan terribles».
─ «Bien, ¿y por qué lo hacían?», preguntó May sin pensar. Se había quedado atrapada por el entusiasmo de la niña.
La niña la miró con condescendencia.
─ «Porque era lo mejor que había en la ciudad, he ahí el por qué. Si no te gustaba ir a la fábrica, siempre podías tratar de mendigar, robar, o trabajar en una granja. Si te veían mendigando o robando por aquel entonces, te quemaban en aceite. En serio. Y el trabajo en la granja…». Hizo una mueca.
─ «Eso eran siete días a la semana de romperte el lomo desde antes de que salía el Sol hasta después de que se ponía. ¿Y qué tenías que demostrar para eso? En un buen año, tenías para comer; en un año malo pasabas hambre. Pero trabajabas duramente tanto si tenías el estómago lleno como vacío. Incluso más duro».
─ «Y al menos con un trabajo en la fábrica tenías dinero para comprar la comida que hubiere cuando fallaban las cosechas. A eso se le llama progreso, lo mires como lo mires».
May reflexionó por un momento.
─ «¿Pero qué hay de los niños mutilados en las fábricas?», preguntó ─ «¿Qué hay de los niños cuya salud fue perjudicada por respirar polvo o avivar fuegos o no tomar el Sol lo bastante?».
─ «¿Has visto alguna vez a un mozo de labranza ser pisoteado por una cuadrillas de caballos? ¿Has sufrido alguna vez una insolación?», resopló ─ «Seguro que esas fábricas eran malas, pero todo lo demás era peor. Trata de explicarle eso al viejo Morrisey».
─ «Hablas como si hubieras estado allí», dijo May con un toque de diversión.
─ «Leo mucho», respondió rotundamente.
De pronto May se acordó por qué estaba allí.
─ «Incluso si tuvieras razón, podrías haber actuado con un poco más de tacto, sabes». La niña simplemente se quedó mirando y se agazapó en su silla ─ «Le has interrumpido la clase dos veces hasta ahora, y también una vez a la Sra.Randolph». May hizo una pausa, puso una marcha más en su modo Comprensión Empática ─ «Sospecho que tu problema no es solo escolar. ¿Cómo te van las cosas en casa?».
Melissa se volvió a encoger de hombros. Era un gesto muy adulto.
─ «Casa». Su tono eliminó cualquier connotación positiva que la palabra pudiera tener. «Mi p...mi padre adoptivo murió el año pasado. Ataque de corazón ¡Bam! La Sra.Stuart todavía no lo ha asimilado». Una pausa.
─ «¿Y tú?»
La niña lanzó una rápida mirada ─ «Todo el mundo muere, tarde o temprano». Otra pausa. «Me hubiera gustado que el Sr.Stuart hubiera aguantado un poco más. Parecía que estaba bien».
─ «¿Y tu madre?», preguntó May delicadamente.
─ «Mi madre adoptiva está deseando que crezca y me vaya de casa. Jesús, me casaría con alguien el próximo mes si la ley lo permitiese». Se movió incómodamente.
─ «Sigue trayendo chicos a casa para que salga con ellos».
─ «¿Te gusta salir con chicos?»
Una mirada calculadora.
─ «Algunos. Quiero decir, me gustan los chicos, pero no me siento preparada para asentarme todavía». Rió nerviosamente ─ «Quiero decir, no odio a los chicos ni nada parecido. O sea, todavía tengo mucho tiempo para ese tipo de cosas cuando crezca».
─ «Tienes casi catorce años».
─ «Soy pequeña para mi edad».
Otra táctica.
─ «¿La Sra.Stuart te alimenta bien?».
─ «Sí, claro».
─ «¿Intentas llevar una dieta equilibrada?»
─ «Por supuesto. Mira, soy delgada por naturaleza, eso es todo. Puede que la Sra. Stuart sea insufrible, pero no está tratando de matarme o algo parecido. Sólo es eso». Una ligera sonrisa atravesó su cara ─ «De acuerdo, lo entiendo».
Melissa pasó a modo falso barítono pedante.
─ «Un síndrome habitual en la sociedad urbana moderna es la aparente falta de nutrición en las jóvenes pubescentes. Aunque dentro de un entorno económico que alza su voz contra la falta de recursos financieros o educación alimentaria, tal tema sin embargo muestra una aparente incapacidad para adquirir suficiente sustancia como para desarrollarse».
─ «El sujeto se encuentra a menudo en un entorno que carece de uno o más roles vitales de apoyo masculino y, en un examen detallado, revela una preocupación mórbida por los cambios funcionales que inciden en el inicio de la condición de mujer. La insuficiencia dietética es claramente un vehículo tácito para evitar las responsabilidades asociadas con tales cambios».
Respiró exagerada y profundamente.
─ «¡Uf! Ese Anderson es un sinvergüenza. Así que te empaquetaron su libro en Psicología Conductiva también, ¿eh?». Sonrió dulcemente.
─ «¿Por qué? Sí. Es decir, lo leemos. ¿Cómo lo supiste?».
─ «Lo vi en tu estantería. ¿Tienes algún caramelo?».
─ «Uh no».
─ «Muy mal. El último trabajador social con el que traté siempre tenía algo a mano. Usted también debería. Es bueno para las relaciones públicas». Melissa miró sin rumbo alrededor de la habitación.
May se estremeció de nuevo. No se había sentido tan fuera de control en años. No desde que la pusieron a prueba con otros niños negros del ghetto. Se mantuvo en sus trece.
─ «Ha sido una actuación muy bonita, Melissa. Veo que lees mucho. ¿Pero alguna vez se te ocurrió que lo que Anderson dijo podría aplicarse a ti? Incluso si bromeas con ello».
─ «Quieres decir, ¿vigilo lo que como porque tengo miedo de crecer?».  Asintió.
─ «Será mejor que lo creas. Pero no por ese engaño que Anderson propaga».
La niña miró las fotografías en el escritorio y miró a May a los ojos.
─ «Sra.Foster, ¿cómo es usted de abierta? No, subráyelo. Todavía no he conocido a ningún fanático que no piense de sí mismo que es la Reencarnación de la Justicia Ciega. Hagamos una prueba más pragmática. ¿Lee ciencia ficción?»
─ «Algo».
─ «Fantasía».
─ «Un poco».
─ «Bien, ¿y qué le parece? Quiero decir, ¿le gusta?». Sus ojos la miraban intensamente.
─ «Bueno, uh, creo que me gusta un poco. La mayor parte me deja indiferente». Vaciló. «Mi marido es lo que lee principalmente. Y mi suegro. Es bioquímico», agregó sin convicción, como si eso justificara algo.
Melissa se encogió de hombros como un adulto, y tomó una decisión.
─ «¿Qué dirías si te dijera que mi padre era un mago?».
─ «Francamente, diría que has creado una elaborada teoría delirante sobre tus padres desconocidos. Los huérfanos a menudo lo hacen, ya sabes».
─ «Sí, Anderson de nuevo. Pero gracias por ser honesta; es la respuesta que esperaba. Sin embargo, sospecho que», hizo una pausa, miró a la mujer con firmeza ─ «está dispuesta a creer que yo soy algo más que su niño adoptivo mal adaptado promedio».
Bajo esa mirada, May no pudo hacer nada más que asentir. Una vez. Lentamente.
─ «¿Qué dirías si te dijera que tengo más de 2400 años?».
May sintió sorpresa, miedo, euforia, una emoción que no tenía nombre.
─ «Yo diría que deberías conocer a mi esposo».

La niña se sentó a la mesa con sus manos dobladas cuidadosamente en su regazo. Los tres adultos jugaban con sus aperitivos y hablaban de cosas sin importancia. Melissa respondió a todos los intentos por incluirla dentro de la conversación con unas pocas palabras educadas, justo el número necesario de palabras precisas que una niña educada debería decir cuando es invitada por primera vez a una cena en la que no conoce a casi nadie. Pero nunca intentó empezar una conversación ella misma.
George Foster, Jr. sentía que la niña aparentemente inocente sentada en frente de él estaba esperando, pero no podía estar seguro. Una cosa de la que estaba seguro era que si esta niña era realmente más antigua que la cristiandad, no tenía ninguna posibilidad de ganarle al trivial. Concluído esto, estaba completamente dispuesto a pasar la velada de manera tranquila. Pero a su manera.
─ «¿Empezarías tú con la ensalada, papá?», le preguntó ─ «Espero que te gusten las endivias, Melissa. ¿O son también de un gusto que no se desarrolla hasta la edad adulta, como el alcohol?». La chica había rechazado una cereza seca, educadamente pero con firmeza.
─ «Estoy seguro de que me gustará la ensalada, gracias. El aliño huele deliciosamente. Es una receta casera, ¿no?»
─ «Sí, de hecho lo es», dijo George con una leve sorpresa. De repente se dió cuenta de que normalmente consideraba que todas las personas delgadas eran quisquillosas, comedores indiferentes. Un gastrónomo no tenía por qué ser gordo.
─ «Ser profesor de historia me otorga más libertad para planificar mi tiempo, más de la que tiene May», se vió explicando ─ «No cocinas cuando estás obligado a hacerlo, pero sí cocinas cuando disfrutas con ello. Esa salsa de mostaza fue una de mis primeras invenciones. ¿Quieres la receta?»
─ «Sí, por favor. No suelo cocinar, pero cuando lo hago me gusta preparar algo que esté por encima de la media». Melissa hizo este bonito cumplido con una aparente falta de engaño. También evitó, notó George, responder a la indirecta sobre su edad. Cada vez estaba más impresionado.
Partieron pan y se deleitaron con la ensalada.
¿Cómo gestiono esto? Por cierto, me ha dicho May que tienes 2400 años. Mira a su padre a los ojos, y se encoge levemente de hombros. Gracias por la ayuda.
─ «Por cierto, me ha dicho May que has estado en Inglaterra una temporada». Ahora por qué diablos había salido con esto.
─ «No se lo he dicho realmente, pero sí, estuve. Lo cierto es que debatimos sobre la revolución industrial, levemente».
¿Has estado allí?
─ «Soy medievalista, en realidad, pero también soy un poco anglófilo". George se contuvo antes de que pusiera su acento pseudo-británico entrecortado, efecto que esa frase siempre provocaba en él. Se sentía especialmente vulnerable de quedar como un idiota bajo esa mirada inocente.
─ «¿Sabes mucho sobre la realeza británica?». Era tan sútil como una amigdalectomía.
─ «Estudiamos un poco en la escuela».
─ «Siempre quise ser otro Almirante Nelson. Maldita vergüenza la forma en la que murió. Qué fue lo que dijo el rey después de su funeral, creo que fue Eduardo...». Melissa dejó su tenedor.
─ «Fue el Rey Jorge, y lo sabes. Mira, antes de que viniera aquí viví en Berkeley durante una temporada». May la miraba ─ «Sé lo que dicen mis registros. Después de todo, yo los escribí...Tal como iba diciendo, vivía en Berkeley hace unos años. Fue justo en medio de lo peor de las revueltas estudiantiles y vivíamos a menos de tres manzanas del campus. Cada día caminaba por aquellas calles y cada noche veíamos las protestas y las cargas policiales por televisión. Aún así no vi ni una sola vez ninguno de esos sucesos con mis propios ojos».
Los miró de uno en uno.
─ «Algo podría estar pasando a una manzana, algo que atrajese a la televisión y a los furgones policiales, y no me enteraría de ello hasta que llegase a casa y pusiese a Cronkite. Creo que una vez respiré gas lacrimógeno». Cogió su tenedor.
─ «Puedes preguntarme todo lo que quieras, Dr. Foster, sobre almirantes y reyes y fechas. Supongo que eso es de lo que va la historia. Pero no esperes que te cuenta algo que no haya aprendido en la escuela. O haya visto en televisión».
Clavó agresivamente un último trozo de endibia. La miraban mientras comía.
─ «Los niños no son invitados a los sucesos que hacen historia. Hasta hace poco todo lo que hacían era trabajar. Trabajar hasta que llegaban a adultos o hasta que morían de hambre o hasta que los mataba una guerra pasajera. Eso es lo más cerca que los niños han estado de la historia, fuera de clase. Las fechas no importan demasiado cuando todos los días son iguales».
George se había quedado sin nada que decir después de aquello, así que se levantó y fue al aparador donde los platos principales se mantenían calientes. Hizo un elaborado ejercicio sacando tapas y recogiendo esterillas.
─ «¿De verdad tienes 2400 años?», preguntó George Foster, Sr. De repente, la pregunta ya estaba hecha.
─ «Por lo que yo puedo calcular», jugueteaba con el pollo y las empanadillas en su plato ─ «Como dije, las fechas no significan mucho para un niño. Fue hace doscientos o trescientos que de verdad me puse a pensar cuando empezó todo. Por aquel entonces, fue un poco duro reconstruirlo. Ahora son 2430 años. Ponle una década arriba o una década abajo». ¡Ponle una década arriba o una década abajo!
─ «¿Y tu padre era un mago?», prosiguió May ─ «No era un mago, era un hechicero». Estaba un poco exasperada ─ «No practicaba la magia o hacía conjuros; era un hombre sabio, un escolástico. Podrías llamarlo un científico, salvo que no había demasiada ciencia por aquel entonces. ¡No es que no supiera mucho de algunas cosas!, obviamente sí sabía, pero no trabajaba con un conjunto organizado de conocimiento como hace la gente ahora».
De alguna manera se había contenido para no llenar su plato y darle una buena dentada al pollo sin tener que interrumpir su exposición. George se maravillaba con las grandes habilidades sociales que tenía la chica.
─ «De cualquier modo, él estaba trabajando en un método para restaurar la juventud. Todo el mundo estaba, en aquellos días. Estaba muy de moda. Hubo de hecho bastante progreso. Recuerdo que un viejo abuelo recobró su salud sexual durante treinta años».
─ «¿Quieres decir que sabes cómo revertir el proceso de envejecimiento?», preguntó George, Sr. con atención. El candelabro no podía borrar todas las líneas de su rostro.
─ «Perdona, no, no dije eso». Observó atentamente la expresión del anciano Foster, su tono le rogaba encarecidamente que la creyera ─ «Solo dije que sé de un hombre que lo hizo una vez. Durante un tiempo. Pero no le dijo a nadie cómo lo hizo, por lo que yo sé. Ese conocimiento murió con él».
Melissa se volvió hacia los demás, esperando que la creyeran.
─ «Mira, así es como era la gente, hasta las décadas más recientes. El secretismo es lo que evitó que la ciencia no floreciese antes. He visto la digitalis ir y venir como remedio al menos tres veces hasta que su uso se convirtió en conocimiento general...De verdad no te puedo ayudar», dijo cuidadosamente.
─ «Te creo, hija». George, Sr. alcanzó la botella de vino.
─ «Mi padre se pasó la mayor parte de su tiempo tratando de adivinar a la competencia. Supongo que los demás hacían lo mismo. Su único caso de éxito soy yo. Encontró una manera de parar el proceso de envejecimiento justo antes de la pubertad, y es lo que me ha funcionado durante todo este tiempo».
─ «¿Te dijo cómo lo hizo?», preguntó George padre.
─ «Sé lo que hay que hacer. No comprendo cómo funciona, pero sé que no sirve en adultos».
─ «¿Lo has intentado?».
─ «Extensamente». Una puerta de hierro que se cerraba resonó en esa palabra.
─ «¿Podrías describir el método?».
─ «Podría. Pero no lo haré. Quizás sea solamente un producto de mi época, pero el secretismo parece el único refugio seguro en este asunto. He tenido unas cuantas experiencias dolorosas”. Esperaron, pero ella no elaboró más.
George, Jr. se levantó y limpió la mesa. Se estiró para coger un plato y se paró.
─ «¿Por qué nos has contado todo esto, Melissa?»
─ «¿No es obvio?». Dobló sus manos en su regazo en esa postura de infinita paciencia ─ «No, supongo que no lo es a menos que hayas vivido como yo he vivido».
─ «Después de que murió mi padre, estuve merodeando por Atenas durante un rato. ¿Ya he dicho que es ahí donde vivía? Pero me conocía demasiada gente y empezaron a preguntarse entre ellos por qué no crecía. Algunos de los hechiceros comenzaron a mirarme de manera especulativa, eso fue antes de que madurara y huyera de la ciudad. No quería morir como prisionera antes de que  alguien llegase a la conclusión de que no tenía nada útil que divulgar.
─ «Pronto me dí cuenta de que no podía escapar de este problema fundamental. Siempre hay alguien dispuesto a acoger a un niño, sobre todo uno sano que esté dispuesto a hacer algo más que su parte del trabajo. Pero después de unos pocos años, se hace obvio que yo no seguía creciendo al igual que los otros niños. La sospecha conduce al miedo, y el miedo conduce a problemas. He aprendido a juzgar con amabilidad cuando llega la hora de seguir adelante».
George, Jr. colocó un servidor cubierto sobre la mesa y descubrió un pastel de capas de chocolate. Al igual que todos los niños de cualquier época, Melissa sonrió encantada.
─ «Es de verdad un fastidio parecer una niña, siendo una niña, especialmente ahora. No puedes obtener un trabajo y pagar el alquiler de un apartamento. No puedes sacarte el carné de conducir. Tienes que pertenecer a alguien e ir a la escuela, o sino alguna agencia del gobierno te dará problemas. Y gracias a los registros modernos, tienes que construir una existencia creíble en papel también. Cada vez es más difícil».
─ «Me parece a mí», intervino George, Jr., «que tu mejor apuesta sería emigrar a alguno de los países menos desarrollados de África o de América del Sur. Sería menos problemático».
Melissa hizo una carantoña.
─ «No, gracias. Aprendí hace tiempo a quedarme con la gente que tiene el mayor estándar de vida. Vale la pena el esfuerzo...Nur wer in Wohlstand lebt, lebt angenehm. ¿Conoces a Brecht, no? Bien».
La niña dejó toda pretensión de querer seguir conversando para zamparse un trozo de tarta.
─ «Ha sido una cena excelente. Gracias». Se limpió suavemente los labios con la servilleta ─ «No he contestado a vuestra pregunta completamente. Os cuento todo sobre mí porque ha llegado la hora de pasar página otra vez. He pasado mucho tiempo con los Stuart. Mis registros ya no me son útiles ahora, de hecho son una vergüenza. Para seguir como hasta ahora, tengo que hacer unos nuevos y colárselos a alguien, de algún modo. Pensé que sería más fácil esta vez contar la verdad». Los miró con esperanza.
─ «¿Quieres decir que quieres que te ayudemos a mudarte a un nuevo hogar de adopción?», George, Jr. se esforzó porque no se notase su incredulidad en su voz. Melissa miró hacia su plato de postre vacío ─ «George, eres un idiota insensible», dijo May con inusitado fervor ─ «¿No lo entiendes? Nos está pidiendo que la acojamos». George estaba atónito.
─ «¿Nosotros?» Bien, ah... Pero no tenemos ningún hijo con el que ella pueda jugar. Quiero decir...». Se calló la boca antes de que empezara a balbucear. Melissa no tornaba la mirada. George miró a su mujer, a su padre. Estaba claro que lo habían superado por completo y ya se habían decidido.
─ «Supongo que es posible», murmuró sin convicción. La niña irguió al fin la mirada, lágrimas acechaban las esquinas de sus ojos.
─ «Oh, por favor. Soy buena con la casa y no hago ruido. Y he estado pensando, quizás no sé mucha historia, pero sé mucho sobre cómo la gente vivió en muchos lugares y épocas diferentes. Y puedo leer todo tipo de idiomas. Quizás podría ayudarte con tus estudios medievales». Las palabras se apelotonaban unas sobre otras.
─ «Y recuerdo alguna de las cosas que intentó mi padre», le dijo ella a George, Sr. ─ «Quizás su formación en bioquímica le permitirá observar donde le fue mal. Sé que tuvo algunos éxitos». George sabía que la niña estaba casi mendigando. No podía soportarlo.
─ «¿Papá?», preguntó George armándose de todo el aplomo que pudo.
─ «Creo que funcionará», dijo George, Sr. lentamente ─ «Sí, creo que funcionará bien».
─ «¿May?».
─ «Ya sabes mi respuesta, George».
─ «Bien, entonces», dijo todavía medio desconcertado ─ «Supongo que es fijo. ¿Cuándo puedes mudarte, Melissa?».
La respuesta, si hubo una, se perdió, en medio de sillas arrastrándose y gritos de felicidad de May y la niña. May siempre quiso un hijo, George razonó, quizás sea bueno para ella. Intercambió una sonrisa tentativa con su padre.
May continuaba abrazando a Melisa con entusiasmo. Por encima del hombro de su mujer, George podía ver la cara de la niña llena de lágrimas. Tan sólo por un pequeño momento, pensó haber percibido una expresión distraída, como si la niña ya estuviera calculando cuánto duraría aquel episodio. Pero entonces su mirada se ahogó en otro mar de lágrimas de felicidad y George se vió a sí mismo sonriendo a su hija.

La niña se sentó debajo del árbol con sus manos dobladas cuidadosamente sobre su regazo. Alzó la vista a medida que George, Sr. se acercaba. Su andar se había vuelto visiblemente menos seguro en el último año; la rigidez y el titubeo incierto debido a la edad ya no se podían ignorar. George, Sr. era un hombre orgulloso, pero no era tonto. Se apoyó cuidadosamente sobre el tocón de un árbol.
─ «Hola, abuelo», dijo Melissa con un toque de calidez. George, Sr. sabía que podía sentir su estado de ánimo, y estaba siendo cuidadosamente desarmado. «Mortimer ha muerto», fue todo lo que dijo.
─ «Me temía que pudiera pasar. Vivió una larga vida, para ser una rata de laboratorio. ¿Sabes algo del último análisis de sangre?»
─ «No». Estaba falto de energía. «Somo productos con fecha de caducidad. Murió de viejo. Podría decirlo de forma más elegante, pero eso es lo que significa. Y no sé por qué de repente empezó a perder la batalla, después de todos estos meses. Así que no sé a dónde ir desde aquí».
Se sentaron en silencio. Melissa estaba tan paciente como siempre.
─ «Podrías darme un poco de tu poción».
─ «No».
─ «Sé que tienes algo de sobra, eres cautelosa. Es por eso que pasas tanto tiempo en el bosque, ¿no es así? Haces las cosas que te enseñó tu padre».
─ «Te dije que no te ayudaría en nada y me prometiste no preguntar». No había ninguna acusación en su voz, era una simple declaración.
─ «¿No te gustaría crecer, en algún momento?», preguntó después de una larga espera.
─ «¿Elegirías ser el Emperador del Mundo si supieras que serías asesinado en dos semanas? No, gracias. Me quedaré con lo que tengo».
─ «Si estudiásemos la composición de tu poción, quizás podríamos encontrar una manera de hacerte crecer y mantenerte inmortal».
─ «No soy tan inmortal. Es por eso que no quiero que mucha gente sepa sobre mí o mis métodos. A algún idiota se le podría ocurrir pegarme un tiro en la cabeza por despecho...Puedo sobrevivir a enfermedades. Una vez incluso llegó a crecerme un dedo: tardó cuarenta años. Pero no podría sobrevivir a grandes traumatismos». Levantó las rodillas y las abrazó como protegiéndolas.
─ «Tienes que darte cuenta que la mayoría de mis defensas son profilácticas. He aprendido a anticipar el daño y a evitarlo lo máximo posible. Pero las defensas de mi cuerpo son sólo extensiones del recurso fundamental de un niño, el crecimiento. Es difícil superar una lesión sin crecer en el proceso. Una vez que ciertas glándulas toman el control, no hay forma de detenerlas».
─ «Los dientes, por ejemplo. Fueron diseñados para una vida finita, tal vez medio siglo de roer los huesos. Cuando el mío se desgasta, todo lo que puedo hacer es arrancarlos y esperar lo que parece una eternidad para que crezcan los reemplazos. También es doloroso. Así que me cepillo después de las comidas y evito los abrasivos. Me mantengo bien alejada de los dentistas y sus prácticas. Así solo tengo que sufrir cada doscientos años».
George, Sr. se sintió mareado por la idea de planificar siglos como uno podría organizar semestres. Tales palabras incongruentes saliendo de la boca de una niña sentada bajo un árbol abrazando sus rodillas. Comenzó a comprender por qué ella casi nunca hablaba de su edad o su pasado, a menos que se lo pidieran directamente.
─ «También sé mucho de bioquímica», continuó ─ «Seguramente te hayas dado cuenta a estas alturas». Él asintió, a regañadientes ─ «Bueno, he estudiado lo que llamas mi “poción” y no creo que sepamos suficiente biología o química todavía para entenderla. No lo suficiente como para hacer cambios».
─ «Sé cómo mantenerme en mi infancia. Ese no es el mismo problema que restaurar a la juventud».
─ «¿Pero te gustaría realmente poder crecer? Tú misma dijiste lo molesto que es ser un niño en el siglo veinte».
─ «Claro, es una molestia. Pero es lo que tengo y no quiero arriesgarme». Se inclinó hacia delante, con la barbilla apoyada en las rótulas.
─ «Mira, he reclutado a otros niños en el pasado, unos que me gustaron, con los que pensé que podría pasar mucho tiempo. Pero tarde o temprano, cada uno de ellos mordieron el anzuelo que estás colgando. Todos decidieron crecer “solo un poco”. Bueno, lo hicieron. Y ahora están muertos. Me quedo con mis juegos de niño, si no te importa».
─ «¿No te importa perder todo ese tiempo en la escuela? ¿Aprender las mismas cosas una y otra vez? ¿Rodeado de nada más que de niños? ¿Niños de verdad?». Puso una pellizca de malicia en el énfasis.
─ «¿Qué pierdo? ¿Tiempo? Tengo mucho de eso. ¿Cuánto tiempo ha pasado de su vida haciendo realmente investigación, en comparación con el tiempo dedicado a redactar informes y conducir al trabajo? ¿Cuánto tiempo consigue pasar la Sra. Foster hablando con niños con problemas? Tiene suerte si es un promedio de cinco minutos al día. Todos pasamos la mayor parte del tiempo haciendo tareas rutinarias. Sería inusual si alguno de nosotros no lo hiciera».
─ «Y no me importa estar rodeado de niños. Me gustan».
─ «Nunca lo he entendido¢, dijo George, Sr. medio abstraído. «Lo bien que puedes mezclarte con niños mucho más jóvenes que tú. Cómo puedes actuar como ellos».
─ «Lo entiendes al revés», dijo en voz baja. «Ellos actúan como yo. Todos los niños son inmortales, hasta que crecen».
Dejó que eso se hundiera por un minuto.
─ «Ahora te pregunto, abuelo, dime por qué debería querer crecer».
─ «Hay otros placeres», dijo finalmente, «mucho más profundos que las alegrías de la infancia».
─ «¿Te refieres al sexo? Sí, estoy seguro de que te refieres a eso. Bueno, ¿qué te hace pensar que una chica de mi edad es virgen?».
Levantó los brazos en señal de vergüenza, como si quisiera evitar tales asuntos a sus oídos.
─ «No, espera un minuto. Tú has sacado el tema», persistió ─ «Mírame. ¿Soy poco atractiva? Buenos dientes, sin marcas de viruela. No hay deformidades visibles. Una chica como yo sería material de primera clase como esposa en algunas sociedades. Particularmente donde la expectativa de vida promedio es, digamos, menor de treinta y cinco años, como ha sido a lo largo de gran parte de la historia. El celibato en la adolescencia y el matrimonio tardío son conceptos que la sociedad solo ha podido conseguir recientemente».
Ella lo miró con arrogancia.
─ «He tenido unos cuantos amantes, y puedes apostar que los he disfrutado tanto como ellos me han disfrutado a mí. No necesitas glándulas para ese tipo de cosas sino más bien terminaciones nerviosas sensibles, y un poco de comprensión. Por supuesto, todos mis novios se quedaron un poco decepcionados cuando no llegué a madurar, pero fue divertido mientras duró».
─ «Claro, sería bueno vivir en el cuerpo de una mujer, sentir todas esas hormonas que te hacen hacer cosas salvajes. Pero para mí, el sexo no es un impulso, es solo otra forma de relacionarse con las personas. Ya reconozco mi necesidad de estar cerca de personas, sin complicaciones de ningún tipo de impulso que necesite satisfacer. Mi vida sería mucho más simple si pudiera prescindir de los demás, Dios lo sabe. Ciertamente no me hace falta ser forzada por una presión glandular para ir en busca de compañía. ¿Qué más hay en la vida?».
«¿Qué más?» George, Sr. pensó amargamente. Un último intento.
─ «¿Conoces a May?», preguntó.
─ «¿Qué ella no puede tener hijos? Claro, eso fue bastante obvio desde el principio. ¿Crees que puedo ayudarla? Sí, lo crees. Bueno, no puedo saber aún menos sobre eso que lo que mató a Mortimer».
Pausa.
─ «Lo siento abuelo».
Silencio.
─ «De verdad lo siento».
Silencio.
A lo lejos, se oía un coche acercándose a la casa. George, Jr. llegaba al hogar. El anciano se levantó del tocón, lenta y rígidamente.
─ «La cena estará lista pronto». Se volvió hacia la casa. «No llegues tarde. Sabes que a tu madre no le gusta que juegues en el bosque».

La niña se sentó en el banco de la iglesia con sus manos dobladas cuidadosamente sobre su regazo. Podía oír la lluvia fría golpeando contra las vidrieras, sus escenas de martirio silenciadas por la noche que acechaba afuera. A Melissa siempre le habían gustado las iglesias. En un mundo lleno de cambios y muerte, una iglesia era un refugio familiar, un lugar de reposo para inocentes asediados en el que prepararse para nuevos encuentros con un mundo hostil. Su hora con los Foster había llegado a su fin. Incluso con la inevitable discordia al final, ya estaba lista para volver la vista atrás sobre su estancia con buen recuerdo. Lo que más la entristecía era que su predicción aquella primera noche que fuera a cenar había sido tan precisa. Tenía esperanzas de que por solo una vez su cínica evaluación de la naturaleza humana fuera errónea y se le concediera un año adicional, incluso un mes más, de felicidad antes de que se viera obligada a marcharse.
Las cosas empezaron a ponerse realmente mal después de que George, Sr. tuvo su primer derrame cerebral leve. En ese momento, George, Jr. pasó a ser el más acusador de todos (el anciano se había rendido con Melissa; tal vez era eso lo que más irritaba a George, Jr). No había nada que pudiera hacer o decir para disminuir la tensión. El solo hecho de estar allí, un niño sano y prepubescente sin cambios en cinco años de fotografías y recuerdos, su misma presencia se convirtió en una burla del declive firme del anciano hacia su mortalidad.
Si George, Jr. se hubiera comprendido mejor a sí mismo, quizás no hubiera sido tan duro con la chica (pero entonces, ella lo habría averiguado por sus cálculos). George pensaba que era May quien tanto quería tener niños, cuando en realidad era su propio subconsciente luchando por esa forma de inmortalidad menor que hizo que su hogar sin hijos pareciese tan vacío. Todo lo que May envidiaba a la niña era una segunda oportunidad para la belleza que creía perdida tras el paso de la juventud. Naturalmente, May cumplió su propia profecía, como lo hacen tantas mujeres, al ir perdiendo un poco más de resplandor con cada año que pasa.
George, Jr. comenzó a seguir a Melissa en sus viajes al bosque. La ira y la desesperación le proporcionaron un sigilo que de otra manera no le habría correspondido a él. Encontró todos sus escondites ocultos y robó insignificantes  muestras de cada una. No le sirvió de nada, por supuesto, ni a su padre, ya que la poción era extremadamente reactiva a la luz (el gran descubrimiento de su padre y el secreto mejor guardado de Melissa). La delicada larga cadena de moléculas se deshizo en una sopa sin sentido de substancias orgánicas comunes mucho antes de que cualquiera de las muestras llegara al laboratorio analítico.
Pero ese robo fue casi su perdición. Melissa no sospechaba nada hasta que empezaron los cólicos abdominales. Solo dos veces antes en su larga historia, ambas veces durante severa hambruna, había sucedido eso. En un auténtico pánico, Melissa se sumergió profundamente en el bosque, para recoger sus hierbas y mezclar sus brebajes y dormir junto a ellos en una madriguera oscura durante los dos días que tardaron en madurar. Los calambres disminuyeron, junto con su pánico, y regresó a casa para descubrir que George, Sr. había sufrido un segundo ataque.
May estaba furiosa, con qué no lo podía decir con precisión. Nadie hablaba con ella. George, Jr. había sido durante mucho tiempo una causa perdida. Melissa fue a su habitación, pensó las cosas durante un rato y se preparó para irse. Mientras se arrastraba por la puerta trasera, escuchó a George, Jr. hablar en voz baja por teléfono.
Hizo un puente al coche de un vecino y se dirigió a la ciudad. Había coches aparcando en la casa de los Foster cuando pasó, aparecieron unos tipos de ojos duros. Melissa se había cobijado en callejones más de una vez para evitar la mirada de centuriones romanos.  Podrían llamarse CIA, FBI o cualquier otro nombre del alfabeto para disfrazar su verdadero propósito en la vida, pero ella los conocía por lo que eran. Se había marchado en el momento justo.
Nadie piensa en buscar coches robados cuando un niño desaparece; Melissa tuvo algo de tiempo para maniobrar. Abandonó el Sedan en la ciudad a menos de una manzana de la estación de autobuses. En la estación, compró a la vista de todo el mundo un billete de solo ida a Berkeley. Era una de las primeras a bordo y se preocupó de preguntarle al conductor, como una niña nerviosa, si este era realmente el autobús a Berkeley. Se escabulló mientras el conductor se perdía entre papeles.
Con un rastro falso tendido, tuvo cuidado de no salir corriendo demasiado rápido en otra dirección. Lo mejor es descansar hasta la mañana, al menos, luego confiar más en caminar que en coger un medio de transporte para llegar a algún otro lugar. A pocas personas se les ocurre caminar mil millas estos días; Melissa lo había hecho más veces de las que podía recordar.
─ «Vamos a cerrar, hijo», dijo una voz detrás de ella. De repente recordó su disfraz y se dió cuenta de que el comentario iba por ella. Se dió la vuelta para ver al sacerdote dirigirse hacia ella, su sotana crujía casi imperceptiblemente ─ «Es casi medianoche», dijo el hombre con una sonrisa, «deberías volver a casa».
─ «Oh, hola, Padre. No le oí venir».
─ «¿Va todo bien? Es muy tarde para estar afuera».
─ «Mi hermana trabaja de camarera, calle abajo. A papá le gusta que la acompañe a su casa. Debería ir a verla ahora. Acabo de entrar para resguardarme de la lluvia un poco. Gracias».
Melissa sonrió con su sonrisa más sincera. No le gustaba mentir, pero era importante no parecer fuera de lugar. No se sabe cuán grande dispositivo de búsqueda podría haberse montado para encontrarla. No tenía forma de saber cuánto creerían a los Fosters. El sacerdote le devolvió la sonrisa.
─ «Muy bien. Pero ten cuidado tú también, hijo. Las calles ya no son seguras estos días».
─ «Nunca lo han sido, padre».
Melissa había pasado como un chico bastante a menudo en otras ocasiones como para saber que la seguridad, de cualquier cosa, dependía poco del sexo. Al menos no para los niños.
Ese asunto con los centuriones la preocupaba más de lo que fingía admitir. El mismo hecho de que hubiesen aparecido en tal número indicaba que George, Jr. había convencido, al menos en parte, a alguien importante.
Por suerte, no había una evidencia clara de que ella era realmente quien decía ser. Las muestras que George, Jr. robó carecían de sentido y las fotos y las grabaciones que May pudiera proporcionar de ella abarcaban un periodo de ocho años. Un tiempo demasiado largo para que una niña pequeña siguiera pareciendo una niña pequeña, pero nada fuera de lo común.
Si tenía suerte, las elucubraciones ya habían comenzado, Melissa solamente era un bicho raro de algún tipo, una adolescente tardía y una maestra del engaño. Los Foster estaban inquietos, todo eso era obvio, gracias a George, Sr. No los creerían al pie de la letra.
Melissa tenía esperanza. Sobre todo esperaba que no consiguieran un buen repertorio de sus huellas dactilares (había limpiado su habitación antes de irse). Las burocracias eran las únicas criaturas a las que no podía sobrevivir. Sería un desastre si el gobierno de los U.S.A le guardara rencor. O quizás, esta era la última vez que intentaría ser honesta durante un tiempo.
La lluvia había menguado dando lugar a constante llovizna. Era una mejora, pensó, pero todavía era imperativo que encontrase algún cobijo para pasar la noche. La lluvia enmarañaba su pelo recién cortado y se filtraba a través de su delgada chaqueta de béisbol. Tenía frío y estaba cansada.
Melissa desenterraba los recuerdos, alimentados a lo largo de cientos de años, de su primera, verdadera niñez. Recordaba a su madre, rolliza y de cabello rubio, y cuán seguro y cálido era arroparse en su regazo. Ella ya no estaba ahora, al igual que todos los millones de madres de otras eras. No había marcha atrás.
Más adelante, en el otro lado de la calle, una marquesina de cine salpicaba su luz a través de la llovizna. Letras en negro daban un saludo de bienvenida:

WALT DISNEY
SESIÓN TRIPLE
ACTUACIONES CONTINUAS
PARA NIÑOS DE TODAS LAS EDADES

Esa soy yo, se dijo Melissa, saltando hábilmente sobre la alcantarilla atascada por la lluvia. Cruzó la calle en una larga diagonal, siempre a la búsqueda de coches, y entregó su dinero en la taquilla. Dejando atrás el frío y la lluvia durante un rato, se zambulló agradecida en la acogedora oscuridad.